viernes, 20 de julio de 2007

Arquetipos y el jardín del Edén

[publicado originalmente en es.charla.religion]

La narración del jardín del Edén es de un simbolismo casi perfecto. Aglutina muchas de las tradiciones indoeuropeas y mesopotámicas adaptándolas a un pueblo que tiene que justificar su historia. Revisando Génesis, se ve que los temas son:
  • el árbol sagrado, custodiado por un ser mítico (en este caso, la serpiente)
  • el jardín milagroso, que sin cuidarlo da lo suficiente para vivir
  • el dios que pasea junto a los hombres, y que tras un pecado se retira
Todos estos temas los podemos encontrar en casi todas las cosmogonías indoeuropeas. Si recordamos por ejemplo el jardín de las Hespérides, donde un árbol mítico que da manzanas de oro es custodiado por seres míticos y que dan la inmortalidad, las similitudes son demasiado grandes para no tenerlas en cuenta.

Pero el tema del árbol se repite en prácticamente todas las mitologías. La simbología es clara, porque el árbol une los tres mundos: su copa llega al cielo, su tronco está en la tierra y sus raíces se hunden en el infierno. Es un "axis mundi", un centro del mundo donde las puertas para pasar de un mundo a otro están abiertas. Al mismo tiempo, y por esa razón, sus frutos son divinos y proporcionan la inmortalidad, la sabiduría o la fuerza.

En cuanto al ser mítico que lo custodia, también hay muchos paralelismos en todas las mitologías indoeuropeas. La narración sumeria de Gilgamesh es tal vez la fuente primordial, historia en la que a Gilgamesh una serpiente le priva de la inmortalidad al comerse la flor que la proporciona. En el relato del Génesis se modifica la intención, la serpiente no está para impedir que se coma el fruto del árbol, sino como el ser que tienta para que se coma. Aun así, la intención del relato sigue siendo la misma.

Para terminar con el rollo, también en estas mitologías se repite el tema de los dioses que se mezclan con los hombres. La mitología irania, la griega, y en fin muchísimas otras narran cómo los dioses conviven con los hombres hasta que éstos cometen algún pecado (este pecado es siempre de forma, no de fondo). Es entonces cuando los dioses deciden dejar al hombre a su suerte.

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