Ahora que las subvenciones a la Iglesia Católica están en entredicho, así como el destino real que tiene este dinero, me ha parecido buen momento para recordar cuándo la iglesia comenzó a convertirse en un poder económico importante.
En sus primeros siglos de vida, la Iglesia cristiana era relativamente pobre y funcionaba en gran medida como una comunidad de bienes. Los fieles aportaban desinteresadamente lo que podían a un fondo común que se distribuía a los más necesitados. No existía un arca común, sino que cada diócesis administraba sus propios bienes.
Esto cambió radicalmente con Constantino. Una ley de 321 permitía a la Iglesia recibir donaciones legalmente (Codex Theodosianus, 16.2.4). En 324 otorgó al clero cristiano los mismos beneficios que disfrutaban los sacerdotes paganos: una asignación del Estado para el sustento del cuerpo sacerdotal y la exención de obligaciones fiscales. En realidad, en este punto Constantino no hizo más que igualar los derechos de la Iglesia con el resto de cultos paganos.
Pero el hecho es que a partir de ese momento el dinero comenzó a fluir de manera incesante, sobre todo en las diócesis ricas. En ciudades como Roma, la Iglesia recibía tal cantidad de bienes que Pretextato, un patricio pagano de renombre, afirmó que si le hacían obispo de Roma, él también se convertiría al cristianismo sin dudarlo. Muy pronto, ser obispo se convirtió en un cargo muy codiciado: riqueza fácil, posibilidades de ascenso, una institución rica e influyente… de pronto, ser obispo comenzó a ser la ambición de los patricios. De hecho para el siglo V, los obispos ya provenían todos de la nobleza.
La Iglesia se financiaba por varias vías. La primera y más antigua, gracias a las donaciones de los fieles. Los autores paganos hablan a menudo con ironía de las matronas romanas dispuestas a dar toda su fortuna a la Iglesia, cosa que sucedió más de una ocasión. Era común que las viudas cristianas dejaran un tercio de su fortuna a la Iglesia con promesas de recompensa en la otra vida, y a muchos cristianos se les enseñó a tener en cuenta a un miembro ficticio de la familia (la esposa de Cristo) al que había que mantener. Comenzaron a aparecer prácticas dudosas. Gracias a las leyes del momento sabemos que había sacerdotes que manipulaban a las viudas para que les legaran su patrimonio.
Las diócesis recibían donaciones en líquido, tierras o incluso esclavos. Los esclavos eran una propiedad más de la diócesis, que les ocupaba o les cedía para el trabajo del campo u otras labores, aunque sobre todo era esto primero cuando se trataba de esclavos propiedad de los monasterios. Estos esclavos eran inalienables en tanto «bienes eclesiásticos», por lo que no se les podía manumitir salvo por iniciativa de la diócesis.
La segunda vía de financiación era la apropiación de bienes de las comunidades paganas. Según la ley, los templos que violaban la prohibición de practicar sacrificios eran derruidos o, si eran de buena calidad, eran expropiados y pasaban a engrosar las arcas públicas. Sin embargo, resultaba difícil controlar la rapacidad de los monjes que tomaban y vendían todo lo que encontraban de valor. En otras ocasiones se les donaba directamente. Por ejemplo, cuando se produjo el saqueo del Serapeum de Alejandría en 391, Teodosio donó a la Iglesia el beneficio obtenido con la fundición de los metales del botín. Para finales del siglo IV, la Iglesia se había convertido en uno de los principales terratenientes gracias a las donaciones de cristianos y la apropiación de propiedades paganas.
Otras vías de financiación no eran tan limpias como las anteriores. En el Concilio de Nicea de 325 se condenó enérgicamente la usura, a la que se dedicaban los suficientes sacerdotes como para justificar el canon XVII del Concilio. La compra de cargos eclesiásticos o simonía era también bastante frecuente. Así como en la administración romana se compraban puestos en la administración, era perfectamente posible comprar episcopados que pudieran dar un buen rendimiento económico. El mismo Juan Crisóstomo denunció hasta seis casos de simonía, que los acusados reconocieron aunque reclamaron o bien ser confirmados en sus cargos o bien que se les devolviera el importe del soborno.
¿En que se invertían estos bienes? Uno de los destinos era la caridad, de la que se encargaba la Iglesia dado que el Estado romano no disponía de redes asistenciales para los más desfavorecidos. Las cifras que nos han llegado dejan claro por una parte la dramática situación de un gran número de desposeídos, y por otra parte la importancia social de la caridad cristiana. A mediados del siglo III sólo en Roma la Iglesia ayudaba a 1.500 viudas y pobres, se tiene constancia de asilos anexos a las Iglesias, y según Juan Crisóstomo, en Constantinopla se atendía en el siglo IV diariamente a unos 3.000 necesitados.
Otro de los capítulos importantes de gasto era el de personal, cosa que no ha cambiado mucho. El mantenimiento del clero, cada vez más profesionalizado, se llevaba una gran cantidad de dinero. Esto no quiere decir necesariamente que los sacerdotes recibieran un sueldo. En las comunidades rurales se dedicaba el resultado de las labores agrícolas, las donaciones en especie o la venta de excedentes, aunque en la mayoría de las ocasiones las tierras se arrendaban. En las ciudades, en cambio, los obispos y sacerdotes solían vivir en casas o palacios propiedad de la propia Iglesia y administrar los enormes emolumentos que recibían.
Por último, un capítulo importante de gasto era la construcción y mantenimiento de basílicas y otros edificios. La actividad de construcción de centros de culto durante el siglo IV tuvo que ser frenética, paralela a la actividad de destrucción de los templos paganos. Si bien es cierto que muchos templos paganos simplemente se adaptaron para su uso cristiano (el Panteón de Agripa es un caso clásico), muchas de las grandes iglesias empezaron su construcción en este siglo, algunas decoradas fastuosamente. La construcción de la primitiva Iglesia de San Pedro tardó nada menos que 30 años, decorada con multitud de mosaicos, estatuas, tapices y una gran cantidad de altares; y la riqueza de la basílica de Santa Sofía en Constantinopla era legendaria, mucha de ella proveniente del saqueo de los templos paganos.
En definitiva, durante el siglo IV la Iglesia pasó de ser poco más que una comunidad de fieles que compartían sus bienes en una donación dominical para la caridad, a ser uno de los propietarios y capitalistas mayores del Imperio Romano. Para la Iglesia, la enorme afluencia de dinero obviamente tuvo consecuencias y dejó muchas víctimas, la primera de ellas la honradez. A finales del siglo IV ya se empiezan a oír voces que hablan de corrupción y que piden una renuncia de los bienes y la vuelta a un cristianismo más puro.
Como cualquiera puede ver, este último punto aún no ha sido resuelto…
Más en La Persecución a los paganos.
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