domingo, 22 de febrero de 2009

Religión y tiempo

La relación entre religión y el tiempo es mucho más íntima de lo que puede parecer a primera vista. Se trata en su mayor parte de una relación basada en tabús y en una serie de informaciones útiles codificadas en un relato mítico que, muchas veces, sirve como nuestros modernos calendarios. Por ilustrarlo con unos pocos ejemplos, los romanos dividían su año en días fastos y nefastos, con una serie de prohibiciones asociadas a éstos últimos. Los griegos, los mayas y los egipcios consideraban que los 5 días que había que añadir para completar el año solar eran días desgraciados en los que no era conveniente hacer o comenzar nada (días epagómenos). Los israelitas pensaban que nada debían hacer el sabbath dado que Yahvé había descansado ese mismo día.

Seguramente llamar “calendario” a determinados sistemas antiguos de medición del tiempo sea exagerado. Casi todas las cosmovisiones antiguas consideraban que el tiempo era algo cíclico destinado a repetirse. Más aún, los hombres debían hacer determinados ritos para conseguir que esa repetición fuera posible. Así, el tiempo quedaba renovado, la cuenta podía reiniciarse. Este es el sentido de, por ejemplo, los elaborados ritos del año nuevo en Babilonia en que se leía el relato de la creación (el Enuma Elish) para conseguir que esa creación tuviera efecto en cada inicio del periodo.

Sin embargo, es fácil constatar que las culturas antiguas compartieron una obsesión por medir (o dicho de otro modo, controlar) el paso del tiempo. Algunos han afirmado que esto puede justificarse como una necesidad para conocer los tiempos de la siembra, para regular la vida civil. En realidad esa suposición no es tan clara como parece. Si nos ponemos en la piel de un egipcio de la época predinástica, no tendríamos una verdadera necesidad de predecir cuándo iba a crecer el Nilo, podíamos simplemente sentarnos a esperar que este hecho sucediera. Los trabajos del campo rara vez se guían por una fecha concreta, más bien lo hacen en función del ciclo natural que el agricultor conoce perfectamente sin necesidad de consultar el día en que se encuentra.

En la Roma republicana, se llegaron a tener desfases de meses, de tal modo que el calendario difícilmente podía servir de ayuda como guía para la siembra o recolección. Sin embargo, a pesar de este desfase en Roma los ritos religiosos siguieron rigiéndose por un calendario completamente desfasado en el que las Saturnalia (18 de diciembre) se hacían en pleno verano. Es más, en tiempos de Cicerón, se daban situaciones tan absurdas como por ejemplo celebrar las fiestas de la cosecha cuando apenas se había acabado de sembrar, ya que el calendario ceremonial así lo marcaba. Todo esto es lo que debería hacernos sospechar que el calendario nace con fines rituales o religiosos, y sólo después se aplica al mundo civil. Esto parece confirmarse con ejemplos como el maya. Esta cultura conservó dos calendarios, uno ceremonial más antiguo (el Tzolkin, probablemente una herencia olmeca) y otro civil que se desarrolló más adelante (el Haab).

Más aún, el control de estos sistemas era monopolio de los sacerdotes. En Roma era el pontifex maximus quien debía corregir la duración del año para evitar esos desfases; en Sumer los sacerdotes determinaban los días propicios; en mesoamérica incluso el calendario civil estaba controlado por la casta sacerdotal; en Egipto los 5 días epagómenes estaban dedicados a las 5 deidades más importantes. Para ejercer este control, los sacerdotes necesitaron afinar sus cálculos y aprender astronomía para así hacer las continuas correcciones y propiciar el cumplimiento de los ciclos. Estos ciclos no eran necesariamente solares, existieron también calendarios que determinaban el ciclo de Venus o que midieron los eclipses. No se trataba pues de que tuviera una utilidad civil, lo realmente importante era su función ceremonial. Separar por tanto el calendario de la religión no es posible en las antigüedad.

Según la cultura (o mejor dicho la religión, como se ha visto) el objetivo para el cálculo del tiempo pudo ser diferente, pero todas comparten ciertos objetivos comunes. Estos podrían ser:
  • determinar ciclos para poder realizar actos ceremoniales que los propicien o que eviten desastres
  • determinar los días fastos y los días nefastos
  • predicción de eventos
  • determinar la divinidad “patrona” de cierto momento
Como se ve, casi todos ellos tienen fines meramente rituales. En el cristianismo, el cálculo del día en que cae semana santa no tiene un objetivo civil en absoluto, se trata de saber cuándo deben realizarse los actos de purificación. La predicción de eventos y el cálculo de los ciclos sigue una estructura mental más sutil, puesto que se trata en ese caso de ser capaz de propiciar la crecida del Nilo, de regenerar el año en Babilonia o de hacer sacrificios humanos para evitar que el sol desaparezca en un eclipse. Otro tipo de tabús relacionados son los días propicios y los que no lo son; en la Roma republicana no se celebraron reuniones del senado en los días considerados “nefastos”. Esto, insisto, no tiene ninguna función civil, sino que sigue la antigua superstición de que en esos días todo lo que se haga saldrá mal. Tomando de nuevo como ejemplo la cultura maya (hay pocas tan obsesionadas con el cálculo del tiempo), una de las funciones de este cálculo era la de conocer lo que se llama la ronda (hunab), un ciclo de 52 años tan repleto de supersticiones, ritos y tabús que algunos afirman que por ese motivo se abandonaban ciudades cada cierto tiempo.

Todo esto no es sólo cosa del pasado. Los musulmanes conservan aún hoy en día un calendario ritual basado en los ciclos lunares. Nuestra propia cultura está repleta de antiguos tabús asociados al tiempo: los martes se consideran nefastos en España, el 13 (los idus para los romanos) es también nefasto, para los judíos en sabbath no se puede hacer ningún trabajo. Incluso conservamos supersticiones asociadas a las lunaciones tales como creer que hay más nacimientos en luna llena, o que debe sembrarse en la fase creciente. Días concretos se consideran aún hoy mágicos, como la noche de San Juan o el año nuevo. Todos estos son vestigios de supersticiones antiguas que sobreviven aunque hayan perdido la carga religiosa.

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